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Guatemala:
Mujeres y resistencias 

Ana Cofiño

Quiero compartir algunas observaciones recogidas en las calles y plazas de Guatemala, donde nos hemos encontrado a lo largo de los años para exigir justicia, defender territorios y darle continuidad a la propuesta de construir una organización social que beneficie a toda la población. Apunto estas notas partiendo de un interés particular por hacer visible la historia de las mujeres en resistencia y las claves que sus luchas nos brindan para transformar el mundo.

Donde hubo fuego, quedan brasas

Es evidente que las numerosas movilizaciones a nivel nacional del año 2015 contra el régimen del ex general Otto Pérez Molina, entonces presidente de Guatemala, son un antecedente claro de lo que estamos viviendo ahora, con mayor intensidad desde el 25 de junio, cuando la población fue sacudida por el sorpresivo triunfo en la elecciones del movimiento político Semilla, cuyas candidaturas a la presidencia y vicepresidencia, Bernardo Arévalo y Karin Herrera, obtuvieron un segundo lugar muy cercano al primero, con lo cual pasarían al balotaje el 20 de agosto. En las semanas entre ambas fechas, la simpatía por esta joven agrupación concitó un novedoso apoyo mayoritario que finalmente dejó fuera de las lides a una testaruda contrincante, Sandra Torres, quien optaba al puesto por tercera vez.

Los resultados de la elección asustaron a los poderes económicos y políticos que no habían tomado en cuenta la posibilidad de que Semilla superara a los partidos ampliamente financiados por capitales tradicionales y emergentes, el narco y otras mafias. Ese primer domingo de elecciones, cuando el sistema de conteo rápido empezó a arrojar resultados favorables a Semilla, empezaron a brotar sentimientos encontrados: para la derecha fundamentalista, este movimiento, despectivamente llamado “chairo”, representa al comunismo, por ello han hecho todo lo que está en sus manos, sin escrúpulos ni límites, para obstaculizar la llegada al poder de un equipo integrado por gente joven, proveniente de capas medias urbanas y rurales con una ideología socialdemócrata, encarnado en las figuras de Bernardo Arévalo, un sociólogo con experiencia en posconflictos, de carácter sereno y posiciones moderadas, llamado por la juventud “Tío Bernie”; y su compañera de fórmula, la doctora Karin Herrera, catedrática universitaria del área de ciencias químicas y biológicas que se incorporó a Semilla para apoyar ese proyecto surgido en el 2015.

Durante los primeros días de estupor post electoral, fue común escuchar a muchas personas decir que esa noche no se fueron a dormir hasta que se publicó el dato final, temiendo que nos pudieran hacer un fraude o robar la elección. Este sentimiento describe al corazón colectivo guatemalteco: por experiencias históricas de represión y violencia sabemos que los grupos poderosos son capaces de cualquier cosa, hasta de magnicidio, si ven sus intereses amenazados; de esa cuenta, nuestra alegría se empaña por la amenaza de algo que pueda detener esta avalancha de esperanzas. No obstante los temores, el júbilo que reinó en las calles, el giro que dieron las relaciones, la creatividad que floreció, marcaron un hito monumental. La política volvió a ingresar nuestras vidas cotidianas como tema de conversación, como actividad militante, como un fenómeno complejo que podemos analizar desde varios lugares. Desde el domingo 25 de junio hemos estado pendientes minuto a minuto de las noticias, de las declaraciones públicas y de las acciones perversas que funcionarios de las instituciones del Estado cooptadas por las mafias han emprendido. El tristemente célebre fiscal Rafael Curruchiche, personaje nefasto que representa el servilismo hacia los patronos, ha jugado un papel de esbirro bajo el mando de la Fiscal General y jefa del Ministerio Público, Consuelo Porras, quien ha dado órdenes para que se persiga de manera ilegal a fiscales anticorrupción, periodistas, abogadas y activistas de derechos humanos a quienes consideran obstáculos en su camino, y con quienes se están vengando por haber denunciado delitos cometidos bajo su amparo. 

Al conjunto de personas y organizaciones implicadas en el ejercicio de la corrupción y la impunidad que ha servido como marco protector de crímenes y delitos graves, se le ha denominado Pacto de Corruptos. En este grupo que opera en la oscuridad, participan financistas que han invertido millones en comprar voluntades, pagar favores, acallar voces. También están involucrados sectores militares o cercanos a ellos, sobre todo los acusados de cometer crímenes de lesa humanidad y que han sido llevados ante la justicia; grupos religiosos y pastores que negocian con la fe y organizaciones “provida” (?)  que se oponen a la divulgación de información sobre sexualidad y espantan con la “ideología de género”; guardianes intelectuales del pensamiento anticomunista y por supuesto, miembros de los grupos clandestinos ligados al tráfico de narcóticos, armas y personas. Su proyecto de poner al frente del Estado a otra voluble marioneta que cumpla sus órdenes y obedezca sus mandatos por varios periodos consecutivos se vino abajo sin previo aviso, lo que los desubicó y orilló a improvisar acciones ilegales absurdas para evitar que un gobierno que ofrece luchar contra la corrupción, desbarate la red de cómplices implicados en la depredación del Estado.

Mujeres, movilizaciones, cambios

Aunque parezca reiterativo decirlo, la resistencia en Guatemala es de larga data, y las protestas, en sus diversas expresiones, nunca han dejado de manifestarse porque son resultado del descontento generalizado ante un sistema colonial de servidumbre que convirtió a los pueblos originarios en siervos de una clase terrateniente sustentada en arbitrariedades que le granjearon privilegios y ganancias considerables. La sangrienta conquista nunca logró eliminar el espíritu de lucha ante los abusos y las injusticias. A lo largo del periodo que la corona española dominó estos territorios, hubo numerosas insurrecciones, motines, alzamientos y rebeliones protagonizados por mujeres y hombres agobiados por la explotación y los malos tratos. Los periodos posteriores a la llamada independencia de 1821, también fueron escenarios de movilizaciones políticas donde las mujeres jugaron papeles importantes, resaltando las gestas de 1920 que pusieron fin a la dictadura de 22 años (1898 a1920) del licenciado Manuel Estrada Cabrera; y las de 1944, que depusieron al misógino general Jorge Ubico, abriendo las puertas a la Revolución Democrática violentamente interrumpida en 1954 por la burguesía nacional, el Departamento de Estado de EUA y tiranos tropicales de la región. Por todo lo anterior, es que en la memoria de la población encontramos gérmenes de rebeldía transmitidos de generación en generación ante un sistema que sigue beneficiando a muy pocos a costa de multitudes despojadas y empobrecidas.

A pesar de que la historia oficial no registra a las mujeres involucradas en estos frecuentes episodios, participaron efectivamente en la resistencia a los conquistadores, tal como lo narra el libro Memorial de Sololá donde se menciona a guerreras que utilizaban arcos de muchas flechas, y a otras que no se rendían ante el enemigo invasor. Entre los pueblos originarios existen relatos de mujeres alzadas contra las autoridades, los abusos de los curas y las exacciones y tributos. Severo Martínez Peláez, documenta varios alzamientos en los que participaba toda la comunidad afectada, como el de 1759 en Tecpán, donde un grupo de mujeres atacó a pedradas a un contingente de soldados y donde siete mujeres “indias” fueron señaladas y castigadas como iniciadoras del incidente, entre ellas, Micaela Pérez.

A lo largo de la historia reciente, las mujeres estuvieron presentes de distintas formas, desde las primeras filas hasta la retaguardia. Toda la segunda mitad del siglo XX fue un tiempo de convulsiones políticas surgidas a partir de la implantación de regímenes sanguinarios. En varios sectores de la población existía una gran insatisfacción hacia los consecutivos gobiernos militares que desde 1954 gobernaron con mano de hierro (con la excepción de dos civiles sometidos al mandato militar) hasta 1996, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. La resistencia clandestina desde las organizaciones políticas, así como el surgimiento de las guerrillas son muestras de esa herencia rebelde que no se ha dejado domeñar. Igualmente, la organización y activa presencia estudiantil, con una impronta clara y valiente en las luchas por la democracia y la justicia, es notoria a lo largo de ese periodo. 

 

 

En la memoria colectiva destacan las jóvenes estudiantes de institutos públicos que en las jornadas de marzo y abril de 1962 tomaron las calles para levantar sus particulares demandas y protestar contra el gobierno de otro militar, Miguel Ydígoras Fuentes. Posteriormente, resaltan Rogelia Cruz, las hermanas Mirna, Clemencia y Nora Paiz Cárcamo, incorporadas a la lucha guerrillera, entre decenas de jóvenes que se fueron involucrando cada vez en mayor proporción a la resistencia; en los años ochenta, Adelina Caal, lideresa campesina q’eqchi asesinada por hacer reclamos de tierras en la masacre de Panzós en 1980; Rigoberta Menchú e innumerables mujeres indígenas se pusieron a disposición de las distintas organizaciones revolucionarias, donde muchas perdieron la vida por cumplir el sueño de ver una Guatemala con justicia y libertad. En el ocaso de la guerra, en los años noventa, juegan un papel determinante las 25 mil integrantes de la coordinadora nacional de viudas de Guatemala (CONAVIGUA), quienes lograron poner fin a la conscripción militar, así como las que conformaron el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) y el de familiares de víctimas de desaparición forzosa, FAMDEGUA, que se dedicaron a la lucha por la justicia y por dar con el paradero de sus seres queridos.

Los años que lleva corriendo el siglo XXI han sido también tiempos de resistencia ante la implantación del modelo neoliberal que privatizó empresas del Estado e impulsó políticas antipopulares, además de promover la divulgación de creencias religiosas fundamentalistas. 2005 marca un hito en la resistencia ecologista, con el inicio de la realización de decenas de consultas comunitarias en distintas áreas del país, donde la población votó mayoritariamente en contra de la instalación de megaproyectos (mineros e hidroeléctricos) en sus territorios. Decenas de mujeres estuvieron en primera fila, enfrentando a la policía y al ejército, muchas fueron criminalizadas y perseguidas, acusadas de delitos que no cometieron.  

En la organización de movilizaciones también hay mujeres responsables de la logística, el cuidado, la convocatoria y demás actividades que conlleva salir a las calles para hacer públicos los planteamientos y demandas políticas. Las efemérides feministas (8 de marzo, 28 de septiembre, 25 de noviembre y otras), así como el aniversario del incendio en el que fueron quemadas 56 niñas (41 murieron) a resguardo del Estado, convocan a jóvenes, adultas, indígenas y mestizas en la capital y los departamentos. En marchas, vigilias, plantones y paros, las mujeres hemos estado allí con nuestras recias voces, nuestras pancartas, nuestras candelas y nuestros silencios.  

Aunque en 2015 las movilizaciones populares contribuyeron a la renuncia de la vicepresidenta Rosana Baldetti y del presidente Pérez Molina, la solución que se le dio a la crisis provino de los sectores oligárquicos que impusieron primero a un presidente transitorio, un abogado anticomunista y pro militar, y luego montaron un proceso electoral viciado desde sus orígenes, en el que la población no tuvo opciones, sino elegir entre dos personajes sin cualidades para encabezar un nuevo gobierno. 

 

¿Vuelve la primavera?

La descomposición política provocada por la toma de las instituciones de parte de grupos ligados a la corrupción y al desfalco del Estado, ha traído consigo olas permanentes de rechazo que no siempre sacan multitudes a las calles pero que sí reflejan un malestar latente que va creciendo según los medios de comunicación dan a conocer los delitos de funcionarios de todo nivel, empezando por el presidente Giammattei, quien inició su gobierno con la llegada de COVID 19, pandemia que manejó de manera errática y poco transparente, aprovechando la coyuntura para apropiarse de recursos destinados a la crisis.

En el corazón de la gente fue pesando el desánimo, la apatía, la desazón de ver cómo el país se iba hundiendo físicamente: agujeros en las carreteras, desmoronamiento de paredones, deslaves de montañas fueron síntoma de un cataclismo mayor: la destrucción del Estado. Sentíamos que ya habíamos caído en el abismo y que este agujero parecía no tener fondo. 

Desde la toma de posesión en 2020 de Giammattei, un médico que declaró a Guatemala como capital “próvida” (?) y que termina sus discursos dándonos bendiciones, las manifestaciones no dejaron de salir a las calles, con sus clásicas consignas y demandas. El rechazo a las políticas implementadas, a los abusos cometidos y a la desfachatez de las autoridades para maquillar sus operaciones delictivas fue creciendo, al tiempo que las fuerzas policiacas y militares también aumentaban su poder represivo. No obstante, la inconformidad y la rebeldía ante las arbitrariedades achisparon a sectores sociales que fueron adquiriendo conciencia de cómo la corrupción nos afecta a todos.

Eso no fue suficiente para lograr implementar cambios en la ley electoral y de partidos políticos, y llegamos a la reciente elección en la que todo parecía indicar que entre los veintitantos candidatos, quedaría otra vez uno o una que se plegaría al mandato del pacto de corruptos, lo que sumiría al país en un pantano político de dimensiones fatales. Entre los sectores progresistas se sentía una depresión anticipada que no auguraba nada bueno. Por medio de movidas sucias y jugadas ilegales, los grupos mafiosos habían sacado de la contienda a Telma Cabrera, candidata indígena del Movimiento por la Liberación de los Pueblos quien, contra todo pronóstico, obtuvo un cuarto lugar en la elección anterior.

El círculo virtuoso empezó a crecer ante la perspectiva de un cambio, y la simpatía por Semilla germinó en ese corto lapso concretado en un arrollador triunfo que la gente celebró festivamente en las calles de todo el país. Mágicamente, sin haber concretado alianzas de izquierda ni acuerdos intersectoriales, habíamos logrado derrotar a un enemigo que contaba con todos los medios a su alcance para comprar votos y enajenar a la población con campañas sucias e información falsa. Semilla, con una campaña de hormiga, de casa en casa, impulsada por jóvenes a través de redes con mensajes antisistema, logró hacer temblar un andamiaje perverso que se resiste a dejar libre el camino para el nuevo gobierno.

 

El sentido del humor, agrio, filudo, sarcástico, es un rasgo de la cultura política de protesta. En redes sociales sobre todo, vemos diariamente caricaturas, frases, consignas, imágenes que nos desarman de risa. Es un gusto ver las pancartas de la gente, escritas a mano sobre cartulinas y cartones, donde la poesía y las bromas expresan lo que estuvo contenido por mucho tiempo. Artistas del canto, del baile, del cine, de la foto y de múltiples campos han publicado obras críticas que contribuyen a derribar la cultura de mediocridad y a fortalecer una cultura que muchos ven como la floración de otra primavera en Iximulew, tierra del maíz.


Iconos feministas

Este país no nos da tregua ni nos deja descansar. Entre desastres provocados por el hombre y eventos políticos de todo tipo, nuestras vidas tratan de continuar su curso normal, interrumpido por el llamado a acompañar a quienes se han visto perseguidas por las mafias en el poder. Virginia Laparra, abogada que fungió como fiscal en la ciudad de Quetzaltenango, está en prisión desde hace meses, acusada de denunciar actos incorrectos por parte de un juez; su inconmensurable valor, expresado en actitudes dignas, ha sido un aliciente para recuperar esperanzas, pese a las abiertas intenciones de los corruptos por hacerle daño, impedirle recibir atención médica y hacerla objeto de torturas. Recientemente fue capturada otra gran mujer, la distinguida abogada Claudia González, quien fue encerrada en una bartolina sin haber sido informada de los cargos que se le imputan. Después de más de veinte días de aislamiento, el innombrable juez al frente del caso, la acusó de cometer un delito de abuso de autoridad como funcionaria, cuando ella nunca ha formado parte del Estado. En el exilio hay periodistas, juezas, magistradas, comunicadoras y activistas a quienes se ha criminalizado y maltratado con toda la impunidad. Jueces descarados que violan los procedimientos, ausencia de pruebas, imposición de reservas y cuanta matufia sea pensable han sido las armas de esta regresión que estamos viviendo. No obstante, día a día se buscan formas para enfrentar a enemigo tan terrible. La fuerza de las mujeres imputadas, así como la de sus defensoras y acompañantes, es fuente de inspiración para seguir luchando por todos los medios, desde donde estemos, para que sean liberadas y para detener la debacle anunciada.

 

 

 

 

 

 

 

Brenda Hernández, una compañera icónica que representa el espíritu rebelde, sale a las calles con una sartén o con su redoblante, anima las marchas y protestas, constituyéndose en un referente infaltable en esas movilizaciones. Con la Batucada del Pueblo, han acuñado consignas inolvidables como la de “Curruchiche, cerote, te vas a ir al bote” que se repite desde hace años cambiando el nombre del mentado delincuente. Entre otras actividades políticas hemos visto la Marcha de las flores, la presencia decisiva de las organizaciones ancestrales de los pueblos indígenas, la unidad del estudiantado y la presencia de sectores religiosos progresistas.  

Tras el triunfo definitivo de Semilla el 20 de agosto, hubo una muy significativa celebración en la Plaza Central. Cientos de personas que ya hace años peinamos canas, nunca habíamos ido a un acto como ese, y entre la multitud aglomerada, la música de cantantes jóvenes y los discursos, fuimos a echar más de una lágrima, recordando a quienes no están aquí, emocionadas de presenciar algo que no podíamos creer: la posibilidad de que este país cambie, que se den los pasos para crear condiciones para que los corruptos sean juzgados y castigados. Días después volvimos a derramar más lágrimas en el funeral de Lucrecia Hernández Mack, fundadora y militante de Semilla que dejó una huella imborrable con su ejemplo como luchadora por los derechos humanos, como profesional y como feminista. La tristeza fue grande porque su partida sintetizaba una trayectoria familiar de hechos trágicos, como el asesinato de su madre, la antropóloga Myrna Mack, en 1990, a quien el ejército eliminó por su investigación sobre las poblaciones desarraigadas por la violencia de la guerra contra insurgente.

Las expectativas hacia el futuro son grandes, pero ya el electo presidente Arévalo ha afirmado que no tienen una varita mágica para resolver tantos problemas como se han acumulado. Sin embargo, 23 diputaciones fueron ganadas por su partido, entre ellas muchas jóvenes bien intencionadas que tendrán que enfrentarse en el parlamento con las fieras de la impunidad.

Cada día que pasa nos acerca más al momento de cambio, aunque los enemigos de la democracia no cesan de llevar a cabo acciones espurias donde se violan y corrompen leyes. Los poderes del Estado han perdido credibilidad y confianza, dado que se han plegado al lado oscuro. Hay días en que la desesperanza hace presa de la población que ve cómo los miembros de este gobierno destrozan la institucionalidad y arremeten contra personas que han sido clave en la lucha por hacer valer nuestros derechos. El caso de José Rubén Zamora, exdirector del diario elPeriódico ha levantado mucha indignación, no obstante, los perros fieles de la corrupción no se arredran y con todo el cinismo, continúan amenazando o atacando desde el odio y la violencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre las feministas hay posiciones diversas frente a la coyuntura. No todas están en las calles ni apoyan abiertamente el proceso. Pero sí seguimos insistiendo en la necesidad de establecer un nuevo pacto en el que se den los lineamientos para transformar la sociedad, sus instituciones y el entorno. Aferrarnos a la luz que se infiltra en la grieta que se le abrió al sistema es una actitud saludable, aunque muchas veces implique hacer acopio de fuerzas colectivas para sobrevivir a tanto desastre provocado por los intereses de los que siempre se han opuesto al avance de las fuerzas progresistas. Desde nuestra perspectiva, la resistencia requiere alimentarse de compañía, de sonrisas, de amor. Por ello aprovechamos cualquier momento para darnos abrazos y celebrar lo que hoy es apenas una posibilidad. 

Varios refranes y dichos populares se repiten entre la gente para ilustrar lo que sucede, uno de ellos es el de no dar un cheque en blanco al nuevo gobierno, lo que significa que la crítica no será silenciada y que desde las feministas se harán planteamientos que esperamos sean escuchados. Las conversaciones y análisis generalmente terminan en la frase común de cualquier cosa puede pasar, y es así, en este país donde se están librando batallas campales por salir del atolladero y por construir ese territorio donde podamos vivir con dignidad, cualquier cosa puede pasar.

Señalado, además de genocida, de corrupción y lavado de dinero, y llevado ante la justicia con base en investigaciones realizadas por la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG).

2 Simón Otzoy, trad., Memorial de Sololá, Comisión inter-universitaria Guatemalteca de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América (CIGDA), Guatemala, 1999.

3 Severo Martínez Peláez, Motines de indios, la violencia colonial en Centroamérica y Chiapas, Cuadernos de la Casa Presno, Universidad Autónoma de Puebla, México, 1986, p. 61.

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